Opinión
Presume Sheinbaum apoyos; el campo le cobra otras cuentas
- Casi un millón 900 mil beneficiarios de Producción para el Bienestar, más de dos millones con fertilizante gratuito y miles de millones de pesos en programas forman parte de los apoyos presumidos durante el Segundo Informe presidencial.
- Mientras el Gobierno federal destaca beneficiarios y recursos ejercidos, productores de distintos estados continúan reclamando precios, comercialización, pagos y seguridad para poder hacer rentable su actividad.
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EL CAMPIRANO
Escuchando el Segundo Informe de Claudia Sheinbaum, pareciera que al campo mexicano le está yendo bastante bien. Y no porque uno quiera hacerle la tarea a Comunicación Social de la Presidencia, sino porque los números que presentó son grandes, gigantescos: casi un millón 900 mil beneficiarios de Producción para el Bienestar, más de dos millones con fertilizante gratuito, 445 mil en Sembrando Vida, cerca de 200 mil pescadores dentro de Bienpesca, créditos para productores, tecnificación de distritos de riego, apoyos para maíz, frijol, leche y una buena cantidad de programas que, juntos, representan miles de millones de pesos. Todo eso existe. Negarlo sería hacer exactamente lo mismo que criticamos de los gobiernos: acomodar la realidad para que coincida con lo que uno quiere contar.
El problema empieza cuando cerramos el Informe y nos preguntamos cómo le fue, no al programa, sino al productor, ése que a diario se seca con sus propias manos el sudor de la frente. Son cosas distintas. Un gobierno puede entregar más fertilizante que nunca y el agricultor terminar el ciclo endeudado hasta las cachas; puede presumir precio de garantía y tener campesinos bloqueando carreteras porque no alcanzaron cupo, como ocurrió en Zacatecas; puede repartir apoyos a pescadores y no por eso resolver el precio del diésel, la falta de infraestructura o la comercialización. Los beneficiarios se cuentan fácil. La rentabilidad es otra cosa y de eso saben bastante los que pisan todos los días la tierra.
Y ejemplos tuvimos de sobra este año. Productores de Zacatecas, Sinaloa, Chihuahua, Guanajuato, Michoacán, Nayarit, San Luis Potosí y otras regiones volvieron a las carreteras, casetas y oficinas públicas. ¿Hace cuánto no veíamos al campo manifestarse de manera tan repetida y en tantos estados por problemas que, en el fondo, terminan pareciéndose? Precio, comercialización, pagos, seguridad. No creo que miles de hombres tengan especial gusto por asolearse sobre el pavimento, abandonar un día la parcela y gastar diésel llevando un tractor hasta una carretera. Cuando hacen eso es porque algo que debió resolverse antes no se resolvió.
El Gobierno federal sostuvo decenas de reuniones con organizaciones agrícolas y terminó destinando miles de millones adicionales para atender problemas de comercialización y caída de precios. Hubo incluso un momento en que Gobernación aseguró que no había razones para manifestarse. Y mire usted qué curioso: no había razones, pero sí hubo mesas, bloqueos, acuerdos y dinero extraordinario para atender las demandas. A veces la realidad mexicana tiene la mala costumbre de no leer los comunicados de prensa.
El frijolazo zacatecano
El caso del frijol es un buen ejemplo. A los pequeños productores se les anunció un precio de 27 mil pesos por tonelada. En Zacatecas aquello significaba una diferencia enorme frente a los ocho, diez o doce pesos por kilo que algunos compradores privados llegaban a ofrecer. El programa funcionó, y funcionó muy bien, para quienes lograron entrar. Eso hay que reconocerlo sin complejos. Se terminaron acopiando casi 196 mil toneladas en el país, más de la mitad provenientes de Zacatecas, y se aplicaron arriba de 5 mil 288 millones de pesos en beneficio de más de 26 mil productores.
Ahora bien, una cosa es saber cuántos productores cobraron y otra conocer con precisión quiénes lograron colocar su cosecha, quiénes quedaron fuera y qué papel jugaron intermediarios o acaparadores. Esa cuenta también debería estar abierta para cualquiera que quiera revisarla.
Luego llegó el problema de siempre: había más frijol que presupuesto y más cosecha que compradores. Al ampliarse el acopio apareció un nuevo precio de 16 mil pesos por tonelada. La explicación fue presupuestal. Los campesinos protestaron y, después de que hicieron suficiente ruido, el Gobierno regresó a los 27 mil y ordenó completar con 11 mil pesos adicionales a quienes habían entregado a 16 mil.
Está en el Diario Oficial.
Con los pelos de la burra en la mano.
No afirmo que haya habido mala fe. Lo que sí digo es que este episodio retrata algo que se repite demasiado: muchas decisiones para el campo se corrigen después de que el productor se manifiesta, cuando deberían haberse previsto antes de levantar la cosecha. El presupuesto no puede descubrir en mayo cuántas toneladas sembramos. Para eso existen estadísticas, padrones, estimaciones de superficie y gente muy bien pagada haciendo proyecciones. Si sabemos cuánto se sembró y podemos calcular aproximadamente cuánto se va a cosechar, también deberíamos saber cuánto dinero hará falta.
Todavía queda la otra parte. Se compraron casi 196 millones de kilos de frijol y Alimentación para el Bienestar ya publicó un aviso para vender remanentes. Es legal. Las reglas permiten colocar excedentes una vez atendidas las necesidades de la red pública. Pero la palabra “remanentes” inevitablemente despierta preguntas: ¿cuánto frijol quedó?, ¿dónde está?, ¿cuánto llegó ya a las Tiendas Bienestar?, ¿cuánto se vendió realmente a las familias?, ¿cuánto sigue almacenado? y, sobre todo, ¿a qué precio se venderá lo que termine en manos de particulares?
Son preguntas normales. Y necesarias cuando hay más de cinco mil millones de pesos públicos metidos en la operación.
Además, el Gobierno compra al productor en 27 pesos el kilo y vende el Frijol Bienestar en 30. No está mal. Lo interesante sería conocer cuánto cuesta recibir, limpiar, almacenar, seleccionar, embolsar, transportar y distribuir ese kilo. Tres pesos parecen un margen bastante apretado para todo ese viaje. Puede existir subsidio y puede estar plenamente justificado porque estamos hablando de un alimento básico. Nadie dice lo contrario. Pero estaría bonito conocer la cuenta completa.
El dinero público no pierde su apellido porque se utilice para una buena causa.
El maíz sigue los pasos del frijol
Con el maíz sucede algo parecido. La Presidenta habló de producción, soberanía y nuevos mecanismos para ordenar la comercialización. En Sinaloa, mientras tanto, los productores pasaron meses reclamando apoyos, pagos y mejores condiciones. Finalmente aparecieron paquetes de miles de millones de pesos y comenzó a construirse el esquema denominado Precio Justo, con contratos anticipados y acuerdos entre productores, compradores y proveedores.
La idea parece bastante más sensata que esperar a que el maíz esté cosechado para comenzar a preguntar quién demonios lo va a comprar. Pero habrá que verlo funcionar. En el campo mexicano hemos firmado tantos “acuerdos históricos” que ya deberíamos tener un archivo especial para guardarlos.
También escuchamos bastante aquello de la soberanía alimentaria. Hay avances en maíz blanco y frijol, y sería absurdo negarlos. Pero seguimos importando enormes cantidades de maíz amarillo para alimentar pollos, cerdos y ganado. Podemos producir buena parte de la tortilla que comemos, pero una porción importante de la proteína animal que llega a nuestra mesa sigue dependiendo del grano que compramos afuera.
No pasa nada por comerciar. México también vende miles de millones de dólares en alimentos al extranjero. Lo que no conviene es utilizar la palabra “soberanía” como si significara que ya no necesitamos a nadie.
Porque no es cierto.
Y el T-MEC llega con dolores de cabeza
Ahora viene la revisión del T-MEC, y ahí habrá que guardar por un rato el discurso para sentarse a negociar en serio. México quiere que Estados Unidos mantenga abierto su mercado para aguacate, berries, jitomate, carne, cerveza, tequila y tantos productos que generan dinero en nuestro campo y agroindustria. Al mismo tiempo, nuestros productores reclaman protección cuando determinados alimentos del extranjero llegan a precios contra los que resulta difícil competir.
Las dos cosas pueden discutirse, pero no con ocurrencias.
Los agricultores estadounidenses también tienen organizaciones, dinero, congresistas, empresas y capacidad para presionar a su gobierno. No son hermanitas de la caridad y tampoco tendrían por qué serlo. Ellos van a defender su campo.
Ojalá nosotros sepamos defender el nuestro.
El boquete del gusano barrenador
En ganadería faltó, a mi juicio, detenerse bastante más en el gusano barrenador del ganado. Para el Gobierno el problema puede resumirse en vigilancia, casos atendidos, moscas estériles liberadas, inspecciones y reapertura gradual de cruces. Para el ranchero que tuvo un becerro varios meses más en el corral porque no podía exportarlo, la cuenta se hizo en alimento, tiempo, kilos ganados de más, mercado perdido y dinero.
Las autoridades han trabajado y los avances sanitarios deben reconocerse. Pero esta crisis dejó algo bastante claro: una cadena ganadera que depende fuertemente del comprador estadounidense puede recibir un golpe tremendo simplemente con que se cierre una puerta en la frontera.
Y cada día que esa puerta permanece cerrada alguien paga la comida del animal.
Ese alguien casi siempre está en el rancho.
La inseguridad, el “coco” del Gobierno
Luego aparece aquello de lo que ningún informe del campo debería hablar de pasada: la inseguridad.
El crimen organizado entendió desde hace mucho algo que algunos siguen descubriendo: el campo mexicano también produce dinero. Ahí están las extorsiones denunciadas en zonas aguacateras y limoneras de Michoacán, los problemas de ganaderos, empacadores, comerciantes y transportistas. El Gobierno ha realizado operativos y detenciones, y eso cuenta. Pero resulta grotesco que en pleno 2026 todavía tengamos que discutir si un productor podrá levantar su cosecha sin que alguien llegue a cobrarle por dejarlo trabajar.
El campesino paga semilla, fertilizante, jornales, diésel, electricidad, agua, crédito y transporte. En algunas regiones tiene que agregar un costo que no aparece en ninguna hoja de cálculo oficial: la cuota.
Ésa no necesita ventanilla del Bienestar. Ni padrón. Ni CURP. Llega sola.
En las carreteras ocurre algo semejante. Los datos muestran reducciones en algunos delitos contra transportistas y eso hay que reconocerlo, pero menos robos no significa carreteras seguras. El productor que manda una carga de aguacate, carne, hortalizas o granos no piensa en el porcentaje nacional del delito; piensa si el chofer, el camión y la mercancía van a llegar.
Por eso agricultores y transportistas terminaron compartiendo protestas. Uno pelea para que la cosecha tenga precio. El otro para llegar con ella al destino.
Y aquí es donde el Informe presidencial y la conversación del campo comienzan a separarse. No porque una sea falsa y la otra verdadera, sino porque están mirando la misma realidad desde ventanas diferentes. En Palacio se cuentan beneficiarios, recursos ejercidos, toneladas acopiadas, fertilizante repartido, hectáreas tecnificadas y programas nuevos. En el rancho las cuentas son menos elegantes: cuánto me costó, cuánto coseché, cuánto me pagaron, cuánto debo y cuánto me quedó.
Esa última cifra casi nunca aparece en los informes. Y quizá debería.
El éxito de una política agropecuaria no puede medirse eternamente por cuántas personas necesitan un apoyo del Gobierno. Los programas pueden ser necesarios, incluso indispensables. Pero el verdadero cambio llegará cuando cada vez más productores puedan vivir de producir sin esperar un rescate después de cada cosecha. Si entregamos fertilizante para sembrar, apoyo cuando cae el precio, subsidio para comercializar y posteriormente otro recurso para compensar lo que el mercado no pagó, vale la pena preguntarnos si estamos construyendo productividad o simplemente administrando una emergencia que vuelve cada año con distinto nombre.
Claudia Sheinbaum tiene cosas que presumir. La tecnificación del riego es una inversión seria; los precios de garantía evitaron pérdidas mayores a miles de pequeños productores; los nuevos mecanismos de comercialización merecen una oportunidad; recuperar el mercado ganadero importa; combatir la extorsión es indispensable y apoyar a pequeños agricultores y pescadores también.
Pero falta mucho para vendernos la postal de un campo resuelto.
Mientras tengamos productores cerrando carreteras para conseguir precio, maiceros esperando apoyos, frijoleros peleando por cupos, ganaderos pendientes de una frontera sanitaria, transportistas cuidándose de los asaltos y agricultores pagando —o resistiéndose a pagar— cuotas al crimen organizado, el Gobierno podrá hablar de transformación.
Y tendrá derecho a presumir lo que haya hecho bien.
Pero el campo tendrá exactamente el mismo derecho a preguntarle qué falta, por qué falta y cuándo piensa resolverlo.
Porque una cosa quedó bastante clara después del Informe.
Palacio Nacional trae sus números.
Y el campesino, allá afuera, trae los suyos.
A ver cuándo nos sentamos a sumar los dos.
Y a ver si entonces…
da la misma cuenta.
Opinión
El frijol de los 27 pesos… y la cuenta que todavía falta
- El Gobierno federal compró casi 196 mil toneladas de frijol a más de 26 mil 401 pequeños productores, con una inversión de 5 mil 288.1 millones de pesos.
- Zacatecas concentró 55 por ciento del acopio nacional, pero la mayor parte de la producción quedó fuera del precio de garantía; ahora la pregunta es qué pasó con el frijol comprado y cuánto permanece almacenado.
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MÉXICO.- El programa de compra de frijol a 27 mil pesos por tonelada representó un alivio para miles de productores, particularmente en Zacatecas, pero también abrió una serie de preguntas sobre el destino del grano adquirido con recursos públicos, los costos de almacenamiento y distribución y los llamados remanentes que ahora buscan colocarse en el mercado.
El Gobierno federal cerró el ciclo Primavera-Verano 2025 con la compra de casi 196 mil toneladas de frijol a más de 26 mil 401 pequeños productores, mediante una inversión de 5 mil 288.1 millones de pesos.
Más de la mitad del acopio provino de Zacatecas, entidad que concentró alrededor del 55 por ciento del total nacional, equivalente a unas 108 mil toneladas, aunque algunas declaraciones oficiales han redondeado la cifra en aproximadamente 110 mil.
Los 27 pesos sí hicieron diferencia
Para los productores que lograron ingresar al programa, el precio de garantía significó una diferencia importante frente a las cotizaciones que encontraban en el mercado.
De acuerdo con el contenido analizado, hubo productores a quienes fuera del programa les ofrecían entre 8, 10, 12 y 13 pesos por kilogramo, mientras que el Gobierno estableció un precio de 27 pesos por kilo.
Ese ingreso podía significar para una familia campesina la posibilidad de pagar deudas, recuperar parte de la inversión y contar con recursos para volver a sembrar.
Sin embargo, el programa no alcanzó a toda la producción.
México produjo alrededor de 1.2 millones de toneladas de frijol en 2025, mientras que el Gobierno adquirió cerca de 196 mil toneladas. Esto significa que una parte importante de la cosecha tuvo que buscar compradores fuera del esquema de precio de garantía.
Y cuando existe una gran cantidad de producto frente a pocos compradores, el productor suele tener menor capacidad para negociar el precio.
De 27 mil a 16 mil pesos por tonelada
El esquema también atravesó un momento de tensión cuando, al intentar ampliar el acopio en mayo, apareció un precio de 16 mil pesos por tonelada, pese a que las reglas contemplaban los 27 mil pesos.
Alimentación para el Bienestar argumentó que el ajuste obedecía a las “disposiciones presupuestales”.
La respuesta de los frijoleros de Zacatecas fueron protestas, reclamos y movilizaciones.
Posteriormente, el Gobierno restituyó el precio de 27 mil pesos y ordenó entregar 11 mil pesos adicionales por tonelada a quienes habían vendido previamente a 16 mil pesos. El documento señala que esta determinación quedó establecida en el Diario Oficial de la Federación.
Comprar es apenas la primera parte
La adquisición del grano resolvió una parte del problema, pero abrió otra serie de interrogantes.
Después de comprarlo, el Gobierno debe almacenarlo, limpiarlo, seleccionarlo, embolsarlo, transportarlo y comercializarlo.
Por ello, una de las preguntas centrales es qué ocurrió con las casi 196 millones de toneladas adquiridas y cuántas ya fueron colocadas.
¿Cuánto frijol permanece almacenado?
¿Cuánto ya fue embolsado?
¿Cuánto llegó a las Tiendas Bienestar?
¿Cuánto compraron las familias?
Y, sobre todo, ¿cuánto cuesta realmente llevar un kilogramo desde el productor hasta el anaquel?
Entre 27 pesos de compra y 30 pesos en tienda
El contenido plantea otra cuenta que merece atención.
Al productor se le pagaron 27 pesos por kilogramo, mientras que el Frijol Bienestar se ofrece en 30 pesos.
La diferencia es de apenas tres pesos por kilo, de la cual deben cubrirse actividades como almacenamiento, limpieza, selección, empaque, transporte y distribución.
Esto no significa que necesariamente exista una irregularidad. El punto es que, tratándose de más de 5 mil millones de pesos de recursos públicos, conocer los costos y el destino del producto permitiría entender cómo funciona realmente la operación.
¿Cuánto frijol quedó?
El 29 de julio, Alimentación para el Bienestar publicó un Aviso de Intención de Venta de Remanentes de Frijol Primavera-Verano 2025, dirigido a empresas y personas físicas con actividad empresarial.
Las reglas permiten que, después de cubrir las necesidades de la red gubernamental, los sobrantes puedan colocarse en instituciones públicas o en el mercado abierto.
Pero la palabra “remanentes” plantea preguntas inevitables:
¿Cuánto frijol quedó?
¿A qué precio se venderá?
¿Quién lo comprará?
Y existe una pregunta adicional: si el Gobierno adquirió el producto a 27 mil pesos por tonelada, ¿a qué precio serán comercializados esos remanentes?
El análisis no establece que vayan a venderse por debajo del costo ni señala que exista un beneficio indebido para particulares. Precisamente por ello, plantea que las cuentas deben hacerse públicas y ser claras.
El frijol importado es otra historia
Otro punto que debe diferenciarse es el del frijol extranjero.
Las 19 mil toneladas de frijol importado adquiridas a particulares en marzo de 2024 no corresponden al frijol mexicano comprado posteriormente a productores mediante el programa de garantía.
Según la información analizada, Alimentación para el Bienestar explicó que aquella importación ocurrió después de una fuerte sequía que afectó la producción nacional.
Sin embargo, posteriormente una auditoría del Órgano Interno de Control, difundida por El Sol de México, señaló inconformidades relacionadas con producto distribuido en Chiapas y Tabasco que, de acuerdo con testimonios recogidos durante la revisión, podía tardar más de tres horas en cocerse.
La situación generó cuestionamientos sobre quién recibió y revisó el producto, cuánto se pagó y por qué un frijol cuestionado por algunas familias llegó a los puntos de venta.
La investigación periodística también señala que Alianza Semillera del Guadiana y Comercial Gutiérrez de Durango acumularon entre 2023 y 2026 al menos 206 contratos por alrededor de 630 millones de pesos relacionados con la compra, venta y empaquetado de granos.
El número de contratos, por sí mismo, no implica una responsabilidad penal o irregularidad. El punto, de acuerdo con el análisis, es que mientras exista una auditoría abierta y cuestionamientos sobre el producto, corresponde aclarar quién compró, quién revisó y quién autorizó.
Alimentación para el Bienestar informó que el Órgano Interno de Control revisa el asunto, por lo que queda pendiente conocer el resultado de esa investigación.
El productor sigue en medio de la ecuación
Entre millones de pesos, toneladas, dependencias y programas, el productor puede quedar fuera de la discusión.
El programa sí representó un beneficio para miles de campesinos que pudieron vender a 27 pesos cuando el mercado les ofrecía mucho menos.
Pero 26 mil 401 productores no representan a todos los frijoleros del país, de la misma manera que las 196 mil toneladas compradas no representan las aproximadamente 1.2 millones de toneladas producidas en 2025.
Ahí aparece una contradicción que merece atención: una cosecha abundante puede significar buenas noticias para el abasto nacional, pero también puede provocar precios bajos para los productores que quedan fuera de los mecanismos de garantía.
Es el viejo problema del campo: cuando se produce poco hay dificultades y, cuando se produce mucho, aparece la sobreoferta.
La cuenta que todavía falta
El Gobierno resolvió una parte del problema al pagar un precio favorable a quienes ingresaron al programa.
Ahora falta conocer qué ocurrió con el resto de la cosecha, cuánto costará finalmente colocar el grano comprado con recursos públicos y cuántos de esos millones de kilos terminarán efectivamente en las mesas de las familias.
Ya se sabe cuánto se compró.
Ya se sabe cuánto se pagó.
También se sabe que una parte llegó o llegará a Tiendas Bienestar y que existen remanentes que se pretenden vender.
La pregunta que queda sobre la mesa es:
¿Cuántos de esos 196 millones de kilos ya fueron consumidos, cuántos permanecen en las bodegas y cuántos terminarán nuevamente en manos de particulares?
Porque, al final, de discursos nadie se llena. De frijol, sí.
Opinión
Texas no hará milagros si Zacatecas sigue exportando barato
- La misión comercial puede abrir una puerta, pero de nada servirá cruzarla con los mismos costales, los mismos intermediarios y las mismas ganancias raquíticas para el productor.
- La estrategia deberá medirse en contratos, precios y valor agregado, no únicamente en fotografías, reuniones y declaraciones.
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OPINIÓN | EL CAMPIRANO
ZACATECAS, ZAC.- El secretario de Economía de Zacatecas, Jorge Miranda, anunció una próxima visita a Pharr, Texas, acompañado de empresarios interesados en explorar oportunidades de exportación.
La noticia suena bien. Texas está cerca, tiene millones de consumidores y cuenta con una amplia comunidad mexicana que no necesita cursos de mercadotecnia para saber qué hacer con un chile guajillo, un kilo de frijol o una cabeza de ajo.
La oportunidad existe. En realidad, existe desde hace muchos años. El problema es que, mientras las autoridades anuncian nuevos mercados, el productor continúa vendiendo barato y observando cómo otros se quedan con la mayor parte de las ganancias.
También existe el riesgo de que el viaje termine como muchas misiones comerciales: con fotografías frente a una aduana, apretones de mano, sonrisas de catálogo y la promesa de que “se abrieron grandes posibilidades”.
Posibilidades hay muchas. Compradores con contratos firmados, bastante menos.
Ojalá esta vez la delegación no regrese de Texas únicamente con sombrero nuevo y tarjetas de presentación.
El campo produce, pero otros hacen el negocio
Zacatecas no tiene un problema de falta de productos. Tiene chile seco, ajo, frijol, jitomate, uva, miel, ganado, cebolla y una creciente producción de hortalizas bajo agricultura protegida.
Lo que no ha logrado construir es una cadena exportadora sólida que permita vender directamente, cumplir estándares internacionales, empacar dentro del estado y conservar una mayor parte del valor generado.
Dicho de otra manera: el campo zacatecano produce, pero otros hacen el negocio.
Las cifras oficiales muestran el tamaño del problema. Durante el primer trimestre de 2026, Zacatecas exportó mercancías por mil 674.8 millones de dólares, lo que representó un crecimiento anual de 56.4%.
Hasta ahí, todo parece motivo para echar las campanas al vuelo.
El problema aparece cuando uno pregunta de dónde salió ese dinero.
El sector agropecuario aportó apenas 21.7 millones de dólares, equivalentes a 1.3% de las exportaciones
estatales. Además, las ventas internacionales del campo disminuyeron 4.2% respecto al mismo periodo del año anterior.
Quien está cargando las exportaciones zacatecanas no es el frijol, ni el chile, ni el ajo. Es la minería, que concentró más de 71% del total.
Conviene, entonces, bajarle dos rayitas al discurso triunfalista: Zacatecas exporta mucho, sí, pero el campo participa poco.
La contradicción es tan grande como un costal de frijol de 50 kilos. El estado presume estar entre los principales productores nacionales de frijol, chile seco, ajo y uva industrial, pero esa fortaleza todavía no se refleja en una presencia importante dentro de los mercados internacionales y mucho menos en los bolsillos de los agricultores.
Aquí aparece una de esas verdades incómodas que difícilmente llegan a los boletines oficiales: producir mucho no significa ganar mucho.
El productor pone el riesgo; otro pone la etiqueta
Durante décadas se ha celebrado que Zacatecas sea líder en distintos cultivos. Cada cosecha llegan los discursos, las cifras récord y las fotografías entre los surcos.
Después, cuando el productor pregunta por el precio, comienzan los silencios.
Buena parte de la producción se vende a granel, sin clasificación, sin marca y con escaso valor agregado.
El agricultor siembra, invierte, solicita créditos, enfrenta heladas, sequías, granizadas, plagas y precios inciertos. Luego aparece alguien más que limpia, selecciona, empaca, etiqueta y distribuye.
Curiosamente, ese otro suele quedarse con la parte más sabrosa del negocio.
El productor pone la tierra, el agua y el riesgo. El intermediario pone la etiqueta. Adivine quién gana más.
Ese modelo no cambiará por el simple hecho de atravesar la frontera. Mandar un costal de chile a Texas no lo convierte automáticamente en un gran negocio internacional. En ocasiones solamente significa que el mismo costal recorrió más kilómetros.
Exportar tiene sentido cuando el precio obtenido cubre la selección, el empaque, el transporte, las certificaciones, el almacenamiento, los trámites aduaneros y las comisiones, y todavía deja una utilidad razonable para quien produjo.
Por eso, la pregunta importante no es cuántas toneladas podrían enviarse a Estados Unidos.
La pregunta es cuánto dinero regresará al bolsillo del agricultor después de que todos hayan cobrado su parte.
Faltan datos para conocer el beneficio real
Existe otro asunto que debe aclararse. Hasta ahora no hay una relación pública, detallada y actualizada que permita saber cuántos productos agropecuarios exporta realmente Zacatecas, qué volumen se comercializa, cuáles son sus destinos, qué empresas realizan las operaciones y cuánto reciben los productores.
Se habla de exportaciones agroalimentarias, pero dentro del mismo costal estadístico se meten cerveza, vino, mezcal, alimentos procesados y productos primarios.
El resultado es una cifra grande y atractiva para el discurso, pero poco útil para conocer qué está pasando con el agricultor que produce chile en Fresnillo, frijol en Sombrerete o ajo en Villa de Cos.
Tampoco se puede presentar cada exportación como si hubiera nacido dentro de una oficina gubernamental.
Los productos pertenecen a agricultores, ganaderos, apicultores, organizaciones y empresas que invierten y asumen los riesgos.
El gobierno puede hacer mucho: facilitar certificaciones, abrir contactos, ofrecer capacitación, financiar infraestructura y acercar compradores.
Lo que no debería hacer es colgarse una medalla antes de que comience la competencia.
En el caso de la misión a Texas, todavía no existen resultados atribuibles. Primero debe realizarse el viaje. Después habrá que revisar si aparecen compradores, cartas de intención, contratos, volúmenes y precios.
Lo demás corre el riesgo de convertirse en turismo institucional con viáticos pagados por nosotros, el pueblo, el sabio pueblo.
Chile, ajo y frijol tienen posibilidades
Zacatecas sí cuenta con productos que podrían encontrar oportunidades reales en Texas y otros mercados estadounidenses.
El chile seco probablemente sea uno de los candidatos más fuertes. Tiene una vida de anaquel prolongada, demanda entre consumidores mexicanos y no necesita la misma cadena de refrigeración que una hortaliza fresca.
Pero debe dejar de venderse como si todos los chiles fueran iguales.
El mercado paga por variedad, tamaño, color, humedad, limpieza, inocuidad y consistencia. No basta con llenar el costal, amarrarlo y encomendarse a la Virgen.
Para exportar chile con mejores márgenes será necesario clasificarlo, certificarlo, empacarlo y comercializarlo con identidad propia.
El ajo también tiene posibilidades. El estado sabe producirlo y cuenta con regiones especializadas. Sin embargo, Estados Unidos no compra discursos sobre liderazgo nacional: compra bulbos uniformes, limpios, trazables y entregados en la fecha acordada.
El mercado internacional tiene la mala costumbre de exigir calidad.
El frijol representa otra oportunidad natural por la cercanía cultural con Texas y la presencia de millones de consumidores de origen mexicano. Pero venderlo a granel reproduciría exactamente el mismo problema de siempre.
El zacatecano produce frijol; alguien más lo limpia, lo embolsa, le coloca una marca con un ranchito dibujado y lo vende varias veces más caro.
La verdadera oportunidad está en exportar frijol seleccionado, empacado y diferenciado por variedad.
Zacatecas debería construir una marca regional que permita al consumidor reconocer su origen y calidad. Un “Frijol de Zacatecas” bien posicionado valdría más que un costal anónimo que cambia de identidad en cuanto cruza la bodega de un intermediario.
Las hortalizas no entienden de improvisaciones
También existen posibilidades para el jitomate, tomatillo, cebolla, chile verde, pepino y pimiento morrón, especialmente cuando se producen bajo invernadero.
El inconveniente es que las hortalizas frescas no entienden de improvisaciones.
Necesitan programación de cosechas, centros de selección, cuartos fríos, transporte refrigerado, trazabilidad y certificaciones de inocuidad.
No se puede llamar al comprador el lunes para decirle: “Nos salieron veinte toneladas de tomatillo, ¿no se le ofrecen?”.
El comercio internacional exige volúmenes constantes, calidad uniforme y calendarios precisos. El comprador no espera a que el productor vea cómo viene la cosecha ni a que el gobierno termine de organizar la siguiente reunión.
La miel podría convertirse en otra alternativa, sobre todo para pequeños productores.
Sin embargo, también aquí aparece la tentación de vender a granel y permitir que otro estado, país o empresa envase, etiquete y capture el valor.
Parece que en Zacatecas existe una extraña afición por hacer la parte difícil del trabajo y regalar la parte rentable.
La miel debería comercializarse envasada, con trazabilidad, análisis de calidad, identidad regional y acceso a nichos especializados. No solamente como un líquido anónimo dentro de un tambo.
El ganado requiere cautela sanitaria
El ganado bovino merece un capítulo aparte.
Zacatecas cuenta con experiencia exportadora y capacidad productiva, pero las restricciones sanitarias relacionadas con el gusano barrenador mantienen limitada esta actividad.
Prometer exportaciones inmediatas sería más un acto de fe que una estrategia económica.
Lo responsable es mantener la vigilancia sanitaria, mejorar la trazabilidad y tener organizada la cadena para cuando el mercado pueda reactivarse.
Porque también sería muy nuestro que finalmente abrieran la frontera y descubriéramos que faltan documentos, aretes, certificados o acuerdos entre dependencias.
Una armadora no resolverá el precio del frijol
El secretario Jorge Miranda también habló de buscar la llegada de una armadora de vehículos eléctricos.
Que venga. Nadie se opone a la inversión, al empleo ni a la diversificación económica.
Pero una armadora no resolverá el bajo precio del frijol, la falta de cuartos fríos, la ausencia de centros de empaque ni la dependencia de los intermediarios.
Una planta de vehículos eléctricos puede ser una buena noticia industrial. No es una política agroexportadora, aunque ambos temas aparezcan juntos dentro del mismo discurso para que el anuncio suene más grande.
La misión deberá medirse con resultados
La misión comercial a Texas deberá evaluarse con resultados concretos:
Cuántos compradores fueron contactados, cuántas cartas de intención se firmaron, qué productos fueron solicitados, qué volúmenes podrían venderse y qué precio recibirían los productores.
También deberá informarse qué empresas participaron, cuánto costó el viaje y qué compromisos asumió cada una.
La transparencia es necesaria porque las “oportunidades históricas” tienen una curiosa costumbre: se anuncian con bombo y platillo, pero rara vez se publica cómo terminaron.
Si la delegación regresa únicamente con fotografías, diplomas de participación y decla
raciones sobre un “gran interés de los inversionistas”, estaremos frente a otra gira de buenas intenciones.
Y de buenas intenciones, como dice el refrán, está empedrado el camino. En este caso, el camino hasta Texas.
Zacatecas no necesita presumir que puede exportar. Necesita demostrar que puede hacerlo con rentabilidad.
El verdadero cambio llegará cuando sus productos dejen de salir hacia otros estados para ser limpiados, seleccionados, empacados y revendidos con una identidad distinta.
Cuando el chile, el ajo, el frijol, la miel y las hortalizas crucen la frontera con nombre zacatecano, valor agregado y contratos que beneficien al productor.
Texas puede abrir una puerta, pero Zacatecas debe decidir cómo quiere cruzarla.
Puede hacerlo cargando los mismos costales, acompañado por los mismos intermediarios y regresando con las mismas ganancias pequeñas.
O puede construir una estrategia basada en organización, calidad, trazabilidad, infraestructura, negociación directa y valor agregado.
La diferencia entre una gira política y una política de exportación no estará en las fotografías tomadas en Texas.
Se verá en los contratos firmados, en los dólares que ingresen al estado y, sobre todo, en el precio que finalmente reciba quien sembró, cuidó y cosechó el producto.
Porque si todos ganan con la exportación, menos el agricultor, entonces no abrimos un mercado.
Solamente alargamos la cadena de intermediarios.
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